No es fácil ser aceptado donde no se te quiere. No es fácil
ser uno más cuando eres diferente.
Un acto tan simple como una infidelidad puede que no sea nada, o sea el final de todo. En aquel momento no era consciente de todo lo que ocurría a mi alrededor.
El perfecto padre que siempre me había mirado con una sonrisa, ahora me miraba con desprecio. Había echado a perder una relación perfecta para mí o en otras palabras, las de su corazón, había echado a perder su honor. ¿Por qué? Porque mi madre me acusaba de ser la culpable de aquella infidelidad. Yo había sido la culpable, había hecho que él se distanciara de mí, había confiado en una chica que no merecía mi respeto y yo había causado aquella situación por ser una inconsciente y una despistada.
No podía volver a mi grupo de amigas, no podía volver a verla a ella. Ellos no lo comprendieron, me tacharon de inútil y cobarde, me rechazaron.
Poco a poco todo se empezaba desmoronar delante de mí, algo que siempre había estado en perfecto equilibro, ahora se me escapaba de las manos. La vida se me escapó de las manos.
No comía, no bebía, dejé de asistir a la facultad. Suspendí. Mis padres me repudiaron por haber hundido a la familia en la más hedionda mierda.
Un acto tan simple como una infidelidad puede que no sea nada, o sea el final de todo. En aquel momento no era consciente de todo lo que ocurría a mi alrededor.
El perfecto padre que siempre me había mirado con una sonrisa, ahora me miraba con desprecio. Había echado a perder una relación perfecta para mí o en otras palabras, las de su corazón, había echado a perder su honor. ¿Por qué? Porque mi madre me acusaba de ser la culpable de aquella infidelidad. Yo había sido la culpable, había hecho que él se distanciara de mí, había confiado en una chica que no merecía mi respeto y yo había causado aquella situación por ser una inconsciente y una despistada.
No podía volver a mi grupo de amigas, no podía volver a verla a ella. Ellos no lo comprendieron, me tacharon de inútil y cobarde, me rechazaron.
Poco a poco todo se empezaba desmoronar delante de mí, algo que siempre había estado en perfecto equilibro, ahora se me escapaba de las manos. La vida se me escapó de las manos.
No comía, no bebía, dejé de asistir a la facultad. Suspendí. Mis padres me repudiaron por haber hundido a la familia en la más hedionda mierda.
Aquella noche llovía, tronaba, nadie quedaba en las calles excepto yo. Caminé hasta que la noche era tan oscura que apenas podía ver lo que tenía delante de mis narices y me senté en un callejón tras una fábrica.
No era consciente de que estaba rodeada de residuos tóxicos. Desde aquel fin de semana, el aire ya era lo suficiente tóxico como encontrarle diferencia.
Y poco a poco me fui consumiendo.






