viernes, 3 de febrero de 2012
Libertad.
Desde siempre había pasado los días aburridos desde la red entretejida de mi familia, mi madre y mis hermanas. Pero el día a día era aburrido. Siempre mirando desde la ventana como la gente caminaba por la calle sin estar atado a ningún hilo. Libres. Y yo ansiaba esa libertad mas que nada en este mundo.
Mis hermanas me decían que estaba loca, que tenía todo lo que ellas siempre habían deseado: un cuerpo perfecto, cara bonita, mirada hipnótica, labios de fresa y largo pelo ondulado, que por supuesto, recogía en dos altas coletas, mas que nada, para joder a mi madre, odiaba que me lo recogiera.
Todos los nobles siempre nos veían como joyas y entre ellas yo era un diamante, en bruto. Ninguno conseguía darme lo que tanto ansiaba: libertad.
Un día me harté de tanta tontería de fiestas de nobles y me escapé. Probé el mejor vicio que jamás podría haber saboreado. La noche.
La noche en la ciudad, música alta, chicas lindas que son cortejadas por muchachos que se rinden a sus pies al ver un buen escote. Ese era mi mundo.
Enseguida me acostumbré a las "escapadas" como las llamaba mi madre. Me encantaba marear a los hombres con mis curvas, era imposible sonreír al ver como se les caía la baba hasta que un día ocurrió. Conocí a un hombre, ni si quiera era alguien especial, incluso había nobles mejores que él, pero sucedió.
Fuimos a su casa y nos envolvimos en un rojo manto de caricias y besos que duró toda la noche; pero cuando quise darme cuenta, yacía muerto a mi lado, esos eran mis poderes, los de una viuda negra.
Alguien que no puede amar ni ser amada y que sin embargo, el placer es su razón de ser.
> Canción
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